LA POLICÍA DE LA MEMORIA
Yoko OgawaTraducción de Juan Francisco González Sánchez
Tusquets
400 páginas
Uno de los términos de moda durante estos últimos años ha sido la
resiliencia. Especialmente durante un 2020 marcado por la pandemia mundial, la
tan repetidamente mencionada capacidad de cada uno de nosotros para superar un
evento que cambia totalmente nuestras vidas ha estado en boca de todos. En
algunos casos desde un punto de vista positivo, otros enfocándose en el lado
negativo.
La protagonista de La Policía de la
Memoria vive en un mundo donde la resiliencia no es ya una capacidad sino
una forma de vida. De manera irregular pero continuada los habitantes de la
isla donde tiene lugar toda la acción de la novela ven como, al despertarse,
algo de su vida cotidiana ha desaparecido. Ese “algo” puede ir desde los mapas
a la propia existencia del ferry que les conectada con tierra firme, pasando
por palabras u otros objetos que deben desaparecer de las memorias de cada uno
de los habitantes. Para ello deberán hacerlo desaparecer de una manera física,
ya sea quemándolo o destruyéndolo, teniendo en cuenta que la policía de la
memoria que da título a la novela puede en cualquier momento entrar en tu casa
y realizar un registro por si te pudo la tentación de quedarte con algún objeto
prohibido.
Lo fascinante de cada pérdida es cómo los personajes de la novela
reflexionan sobre el significado de cada una de ellas y el cómo la desaparición
del objeto o concepto impacta en su vida diaria. En ocasiones de manera
significativa pero en la mayoría de los casos la población simplemente se
adapta a un nuevo día sin algo que hasta ese momento era pura normalidad. La
normalidad, además, es olvidar por completo que ese “algo” existió y ni
siquiera mencionarlo en una conversación.
La trama principal de la novela empieza cuando nuestra protagonista,
novelista de profesión y cuyo nombre nunca conoceremos, se da cuenta de que su
editor es uno de los pocos casos de la isla que es incapaz de olvidar los
recuerdos de ciertas palabras u objetos ampliamente olvidados. Ella se ofrece a
refugiarlo para lo que le ofrece un cuarto secreto en su casa donde lo
mantendrá a salvo de la policía de la memoria. A partir de ese momento comienza
no solo una relación entre ellos de pura vida o muerte sino que nuestra
protagonista se ve obligada a tomar ciertas medidas para evitar que la policía
descubra el paradero de R, el nombre de su editor. A su alrededor, mientras
tanto, ve cómo otras personas y familias intentan conseguir igualmente
desaparecer de la vida pública con suerte dispar.
Si La Policía de la Memoria hubiese
sido publicado directamente en inglés estaríamos hablando de un clásico a la
altura de, por ejemplo, El Cuento de la
Criada. Sin embargo, han tenido que pasar veinticinco años (se publicó
originalmente en japonés en 1994) para poder leer una traducción al inglés de
un clásico que bebe directamente de fuentes distópicas en algún caso tan obvias
como la de Farenheit 451 de Ray
Bradbury o 1984 de Orwell. Quizá
precisamente por el momento histórico parte de su impacto también pierda algo
de efecto.
A diferencia de estas Yoko Ogawa opta en esta novela por no situar la
acción en ningún lugar conocido. Ni la isla ni los personajes tienen un nombre
propio. La policía de la memoria, tanto en forma de actuar como en ideología,
puede recordar al lector a multitud de situaciones históricas en las que Ogawa
basó su existencia. De este cuerpo policial no sabremos nada más de lo que
nuestra protagonista y sus historias nos cuentan. Esta policía, además del
significado simbólico que lleva consigo, es la protagonista de los escasos
momentos de tensión que tienen lugar durante la historia. Quizá no fuesen tan
necesarios dada la naturaleza de la novela pero ayudan a entender el miedo ante
este cuerpo policial.
La historia de La Policía de la
Memoria nos recuerda a los lectores occidentales algunos de los mejores
momentos de Murakami, salvando que este libro ya tiene casi treinta años.
Igualmente la novela tiene algunas situaciones que son casi propias del weird y lo metafórico. Me ahorraré los
detalles dado que estas adquieren su mayor fuerza durante el último tercio de
la novela. Igualmente, el final de la historia no es un final de fuegos
artificiales sino de mirada perdida a un lago emocional. Quien haya disfrutado
de las referencias de estos párrafos sabrá rápidamente identificar si esta es una
novela que pueda ser satisfactoria o no. En cualquier caso, esta es una obra
con la que no hay que quedarse con la capa superior de lectura sino que merece la pena
darle un pensamiento adicional a cada uno de sus capítulos.
La Policía de la
Memoria es una novela que simboliza una vida entera, las experiencias que
nos van formando y, finalmente, la muerte y lo que dejamos atrás.
400 páginas
Uno de los términos de moda durante estos últimos años ha sido la
resiliencia. Especialmente durante un 2020 marcado por la pandemia mundial, la
tan repetidamente mencionada capacidad de cada uno de nosotros para superar un
evento que cambia totalmente nuestras vidas ha estado en boca de todos. En
algunos casos desde un punto de vista positivo, otros enfocándose en el lado
negativo.
La protagonista de La Policía de la
Memoria vive en un mundo donde la resiliencia no es ya una capacidad sino
una forma de vida. De manera irregular pero continuada los habitantes de la
isla donde tiene lugar toda la acción de la novela ven como, al despertarse,
algo de su vida cotidiana ha desaparecido. Ese “algo” puede ir desde los mapas
a la propia existencia del ferry que les conectada con tierra firme, pasando
por palabras u otros objetos que deben desaparecer de las memorias de cada uno
de los habitantes. Para ello deberán hacerlo desaparecer de una manera física,
ya sea quemándolo o destruyéndolo, teniendo en cuenta que la policía de la
memoria que da título a la novela puede en cualquier momento entrar en tu casa
y realizar un registro por si te pudo la tentación de quedarte con algún objeto
prohibido.
Lo fascinante de cada pérdida es cómo los personajes de la novela
reflexionan sobre el significado de cada una de ellas y el cómo la desaparición
del objeto o concepto impacta en su vida diaria. En ocasiones de manera
significativa pero en la mayoría de los casos la población simplemente se
adapta a un nuevo día sin algo que hasta ese momento era pura normalidad. La
normalidad, además, es olvidar por completo que ese “algo” existió y ni
siquiera mencionarlo en una conversación.
La trama principal de la novela empieza cuando nuestra protagonista, novelista de profesión y cuyo nombre nunca conoceremos, se da cuenta de que su editor es uno de los pocos casos de la isla que es incapaz de olvidar los recuerdos de ciertas palabras u objetos ampliamente olvidados. Ella se ofrece a refugiarlo para lo que le ofrece un cuarto secreto en su casa donde lo mantendrá a salvo de la policía de la memoria. A partir de ese momento comienza no solo una relación entre ellos de pura vida o muerte sino que nuestra protagonista se ve obligada a tomar ciertas medidas para evitar que la policía descubra el paradero de R, el nombre de su editor. A su alrededor, mientras tanto, ve cómo otras personas y familias intentan conseguir igualmente desaparecer de la vida pública con suerte dispar.
Si La Policía de la Memoria hubiese
sido publicado directamente en inglés estaríamos hablando de un clásico a la
altura de, por ejemplo, El Cuento de la
Criada. Sin embargo, han tenido que pasar veinticinco años (se publicó
originalmente en japonés en 1994) para poder leer una traducción al inglés de
un clásico que bebe directamente de fuentes distópicas en algún caso tan obvias
como la de Farenheit 451 de Ray
Bradbury o 1984 de Orwell. Quizá
precisamente por el momento histórico parte de su impacto también pierda algo
de efecto.
A diferencia de estas Yoko Ogawa opta en esta novela por no situar la acción en ningún lugar conocido. Ni la isla ni los personajes tienen un nombre propio. La policía de la memoria, tanto en forma de actuar como en ideología, puede recordar al lector a multitud de situaciones históricas en las que Ogawa basó su existencia. De este cuerpo policial no sabremos nada más de lo que nuestra protagonista y sus historias nos cuentan. Esta policía, además del significado simbólico que lleva consigo, es la protagonista de los escasos momentos de tensión que tienen lugar durante la historia. Quizá no fuesen tan necesarios dada la naturaleza de la novela pero ayudan a entender el miedo ante este cuerpo policial.
La historia de La Policía de la
Memoria nos recuerda a los lectores occidentales algunos de los mejores
momentos de Murakami, salvando que este libro ya tiene casi treinta años.
Igualmente la novela tiene algunas situaciones que son casi propias del weird y lo metafórico. Me ahorraré los
detalles dado que estas adquieren su mayor fuerza durante el último tercio de
la novela. Igualmente, el final de la historia no es un final de fuegos
artificiales sino de mirada perdida a un lago emocional. Quien haya disfrutado
de las referencias de estos párrafos sabrá rápidamente identificar si esta es una
novela que pueda ser satisfactoria o no. En cualquier caso, esta es una obra
con la que no hay que quedarse con la capa superior de lectura sino que merece la pena
darle un pensamiento adicional a cada uno de sus capítulos.
La Policía de la Memoria es una novela que simboliza una vida entera, las experiencias que nos van formando y, finalmente, la muerte y lo que dejamos atrás.
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